A la salida de la playa de Icacos -sentado perezosamente sobre una banquita de cemento- me aguarda el poeta Jeremías Marquines Portillo. Tiene los ojos color miel, las mejillas de un rosa encendido y un hoyuelo -casi una caverna- en la barbilla. Apenas lo conozco y -hasta hoy, sinceramente- sólo había leído un pequeño poemario de su enardecida inspiración: “Duros pensamientos zarpan al anochecer en barcos de hierro”.
domingo, 27 de marzo de 2011
viernes, 25 de febrero de 2011
El monólogo de José de la Colina
Mientras espero el tren -en la ubérrima y escandalosa estación Hidalgo- observo a un ancianito demacrado, con cara de sufrir del hígado y quién sabe también si de hemorroides. Sin ser propiamente un hombre rollizo, su abdomen observa una mórbida espesura. Sus movimientos, indiscretamente lerdos y desarticulados, encienden mi curiosidad. El carcamal mira a las personas con una especie de sonrisa que lo hace parecer un perturbado. Viste una levita oscura y -bajo unos aparatosos lentes de montura- cultiva un microscópico bigotito.
sábado, 19 de febrero de 2011
Certezas del poeta
1
El poeta es un experto catador: cuando prueba un nuevo verso, frunce su labio inferior de orangután.
El poeta es un experto catador: cuando prueba un nuevo verso, frunce su labio inferior de orangután.
2
El poeta -¿quién lo dijera?- no tiene musa. En todo caso, para hallar la sugestión, ha contratado a un enano para que baile dentro del ardiente sol de su cabeza.
martes, 15 de febrero de 2011
El desempleo y la literatura
La crisis laboral -de alguna forma que todavía resulta indescifrable- ha impactado positivamente en las letras nacionales. Ante la imposibilidad de mantenerse por más tiempo en sus empleos, un nutrido grupo de ociosos ha decidido emigrar hacia la narrativa, la dramaturgia e, incluso, la poesía. Luego de las destituciones masivas, se nos han revelado nuevos e insospechados artistas. Forzados por la suspensión y la inactividad -aquí y allá- han brotado nuevos talentos.
jueves, 10 de febrero de 2011
Mi último encuentro con Carlos Monsiváis
Un domingo por la mañana coincido -en el Barón rojo, ese restaurante aparatoso e impersonal, refugio de las familias clasemedieras- con el omnisciente cronista de la vida mexicana: Carlos Monsiváis. El afamado y ubicuo izquierdista se hace custodiar por uno de sus inseparables escuderos: el politólogo Rolando Cordera y un muchachito menudo, con barba rala y aire de mayordomo en servicio. Monsiváis, con quien conversé algunas tardes -aunque, por ventura, nunca demasiadas- en la redacción del periódico La jornada, clava un momento sus ojos en mí.
martes, 8 de febrero de 2011
Las estatuas y la mendicidad
Nuestro país está colmado de estatuas. Aquí y allá -en una plaza, en una glorieta, en un camellón, en un quiosco, en una bocacalle- nos cierran el paso bustos homéricos y efigies colosales. No tengo magisterio -ni dispongo de tan buena formación- para responder por qué en México producimos tal cantidad de próceres. Una cosa es cierta: nos encontramos ante un reflorecimiento de la heroicidad.
lunes, 7 de febrero de 2011
Recuerdo de Alejandro Rossi
En Ciudad Universitaria -armado de un irritable temperamento de coronel jubilado- topé de frente, hace un par de años, con el insigne filósofo Alejandro Rossi. Su silueta encorvada y antiquísima, recorría lenta, tétricamente, el supremo paraninfo del saber: el Instituto de Investigaciones Filosóficas. Los hombros desmayados, los brazos entumecidos y un parsimonioso caminar, acentuaban su imagen de fatiga antediluviana. Acostumbrado a que lo escucharan -lo coronaran, lo encumbraran y lo acataran- con servil deferencia, miré al sublime metafísico mosqueado por un nutrido grupo de aduladores. Todos artistas de primera: escritores que no escribían, pintores que no pintaban, pensadores que no pensaban.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
.jpg)
.jpg)
.jpg)
.jpg)
.jpg)
.jpg)
.jpg)